La historia de Jonathan Correa estaba marcada por señales de alerta que se repetían desde hacía tiempo. Compañeros de clase, docentes y vecinos habían visto en más de una ocasión las marcas de la violencia en su cuerpo: moretones, heridas y golpes que el adolescente de 15 años intentaba ocultar. Incluso el centro educativo al que asistía en Montevideo había llegado a presentar una denuncia por posibles episodios de violencia doméstica. Sin embargo, nada de eso alcanzó para evitar el desenlace. Leer más
